Pernil a la García Márquez



Ya he contado en el Bloc algunas historias de Taganga, un pueblo colombiano donde pasé la navidad de 1997, cuando fui a hacer uno de los últimos talleres de narración periodística que dio el Nobel en su fundación.

La dueña del hotelito colgado en las laderas de la bahía se encargó de avisar a sus pocos huéspedes que ella pagaría la cena de Nochebuena y nos desentendimos de los preparativos. Sin embargo, a mí me llamó mucho la atención una ceremonia que empezó luego del mediodía. Eran los preparativos para asar un pernil de cerdo (un jamón, digamos), que incluía taparlo con hojas de una planta que no recuerdo. A media tarde, se empezó a dorar esa pieza de carne, y el aroma me recordaba a la Argentina. Hacía varios días que andaba por la costa colombiana, cansado de comer la especialidad del lugar: pargo recién pescado con arroz y patacón pisao. Un trozo de carne asada a las brasas me producía más emociones que escuchar a Carlos Gardel.

Durante toda la tarde, el encargado de asar ese pernil sobre una parrilla improvisada vigiló su obra, que se asó tan lento que perdí la cuenta de cuántas horas le llevó. Sólo me llamó la atención que cuando bajamos de ducharnos para esperar la cena, apenas quedaban cenizas y ya no se veía ni asador ni asado.

Igual comimos cosas ricas y típicas, pero el pernil no apareció por la mesa. La señora lo guardaba para Navidad, al día siguiente, cuando llegaban más parientes del sur colombiano. Nunca pude comer pernil "a la García Márquez". Hasta dentro de unas horas, cuando se dore tras cuatro horas este ejemplar que ven al fuego. Vaya a saber cómo saldrá. Pero doce años después de esa frustada experiencia, voy por la revancha. Al final de este post, esta noche o mañana, agregaré la postal del pernil hecho fuego lento.



Contacto

contacto

Archivo