¿Los periodistas joden más de lo que informan?

Por Cicco

Antes, el periodismo era un oficio que tenía chapa y, con sólo mostrar la credencial, las puertas de estadios, de casas de celebridades, de comisarías se abrían de par en par. Había un aura de heroísmo en esto. Escribir era, de alguna forma, descubrir injusticias, enderezar lo torcido, iluminar lo oscuro. Trabajo de periodista hace prácticamente quince años y, en la mayoría de los casos, me tocaron cubrir notas donde debía oscurecer lo iluminado, torcer lo que supuestamente estaba recto, y demostrar la injusticia allí donde todos entendían que había justicia.

Gracias a mi profesión, tengo una larga cadena de gente que me odia. Que si me ve en la calle me escupe en la cara. Que si me ve internado con cólicos renales, festeja. Y esto es producto de la esencia de este oficio bien practicado: ser un jodido. Y, lo que hace un jodido fundamentalmente es joder. Pero esto es algo personal contra mí. Es entendible. Yo elegí enarbolar la bandera negra del periodismo: sin amigos, sin éxito, sin fiestas. Sin embargo, cada vez más personas a las que voy a entrevistar están dolidas con los periodistas y no es por mi culpa. Están heridas, resentidas, sienten que, en algún momento, fueron estafadas. Y mi trabajo es convencerlas de que, esta vez, darán una nota por una buena causa –naturalmente, es una mentira tan grande como las otras que les contaron-.

Esta gente no son celebridades. Al contrario. Hasta el dueño de una confitería de mi pueblo, dice que, una reconocida revista, lo engrupió. Desde mi lugar, lo entendía a él, pero entendía perfectamente por qué la reconocida revista lo había engrupido. Yo lo había hecho tantas veces.
Semanas atrás, haciendo una nota sobre tatuajes por poco me sacan a las trompadas de la Galería Bond Street porque un tatuador, aún cuando se negaba a hacer la entrevista, insistía en que yo le quería hacer la nota de contrabando. Yo le explicaba que mi trabajo era ser periodista y no estafador. Pero para él, y su amigo, que tenía una extraña cicatriz debajo del ojo, y se frotaba los puños cada vez que hablaba, les parecía que periodista y estafador eran la misma cosa. Como podrá sospechar, no me quedé mucho a discutir. Pero la escena y la huida me dejó pensando. ¿Por qué cada vez más gente siente que los periodistas han dejado de informar para simplemente dedicarse a ofender? ¿Y, por otra parte, en qué clase de demonios nos hemos convertido los periodistas?

No hay nada que un periodista disfrute tanto como escribir sobre una estrella en desgracia, sobre las miserias jamás reveladas de un boom que parece más bueno que el Quácker, sobre las olimpíadas vaginales de una señora bien, sobre las bolsas de cocaína que aspira el hijo de un reconocido funcionario. Estas cosas nos deleitan no sabe cómo.
Pero en la mayoría de los casos, las estrellas brillan sin caer en desgracia, los booms suelen ser inofensivos como la sopita Quácker, y las señoras bien cogen como toda señora bien –poco y arrugado-. Así que, considerando esta realidad soporífera, que difícilmente merezca una línea en un medio, uno como periodista debe tratar de encontrarle el pelo al huevo. Y convertir lo poco y arrugado, en una historia que te ponga el pito como mástil de bandera.

En su tren por vender en un mercado cada vez más pequeño –la gente ya no lee, simplemente se dedica a ver culos-, los medios son ambiciosos, una bestia insaciable, peluda y cornuda que se alimenta de despojos. Si alguna vez esos despojos implican un acto de justicia, es sólo un episodio casual y azaroso. Pero eso no significa que la bestia tenga espíritu justiciero. Es una bestia sin corazón y punto. De este modo, es comprensible que mucha de la gente que trabaja allí dentro se ponga la camiseta de la bestia, bufe, gima y arrolle con todo lo que está en su camino.

Cada vez queda menos gente que no se haya topado con la bestia y tenga una experiencia, por decirlo así, de mierda. “Me cambiaron todo lo que dije”. “Me dejaron como un pelotudo”. “Me dijeron que era una nota sobre las plantas y quedé pegado en un artículo sobre el porro”. Hay cientos y cientos de historias como estas, y, creáme, en muchas de ellas la culpa es enteramente mía –es que cuando jodo, yo tengo la perversa idea de que el jodido se lo merece-, pero en muchas otras es responsabilidad de mis pares. Ayer nomás, me telefoneó la esposa de un cirujano plástico para decirme que en la nota que escribí, ella quedaba como un sargento. Una semana atrás, el dueño de un country de polo me puteó en todos los idiomas porque dije que Tommy Lee Jones, que tiene propiedades ahí, era un borracho tan perdido que, cada dos por tres, se caía del caballo. Ya no sé qué decirle a esta gente que me llama a putearme. Por lo general, les explico: “Voy a volver a leer la nota, pero no me parece que mi texto haya sido ofensivo. Sólo me limité a informar”. Pero ya no estoy seguro de hasta dónde informo y hasta dónde jodo. Y no es un tema mío. Es un signo de los tiempos.


Contacto

contacto

Archivo