Recuerdos de Aracataca

Dice Clarín que el alcalde de Aracataca quiere rebautizarla Macondo. En diciembre de 1997, de paso para asistir al taller de narración periodística que dictó García Márquez en Barranquilla, estuve un día en Aracataca. Lo que pegué más abajo es un recuadro publicado en Noticias, en enero de 1998, en el marco de una nota mayor sobre el colombiano. Rubén Giordano, un gran periodista ya fallecido que era editor de Personajes, con el cual no tenía relación salvo el saludo cotidiano se acercó para decirme: "es el mejor recuadro que vas a escribir en tu vida".

Si uno pisa las calles resecas de Aracataca a las diez de la mañana tendrá una certeza: Jamás en su vida volverá a sentir tanto calor. El pueblo donde nació García Márquez, apenas exagerado en el Macondo de "Cien años de soledad", resulta una sucursal del infierno. Entonces, mejor olvidarse de preguntar dónde queda la famosa casa del famoso escritor. La sombra de los almendros y las acacias del bulevar del Camellón invitan a refugiarse hasta más tarde, donde todo será peor. Esa calle es la misma que el niño Gabito cruzaba para asistir al Colegio Montessori y esas mariposas amarillas que revolotean alrededor de la higuera llorona son las mismas que inspiraron al nieto del Coronel Márquez.

Aracataca queda a 88 kilómetros de Santa Marta, en el noreste colombiano, y para muestra de que aquí hasta la topografía es desmesurada, hacia el oriente la planicie fogosa del pueblo se transforma en las estribaciones de la Sierra Nevada, donde las cumbres atesoran nieves perpetuas."¿La casa museo? Hacia allí", señala el vendedor de bananas, apoyado en un carro de madera que, como Aracataca, conoció mejores tiempos.

Ancizar Vergara (40), el director del museo, sale a la calle ni bien ve que un forastero fotografía el frente donde gateó Gabito. De ahí en más, hará lo que hace con cada visitante. Oficiará de guía para recorrer los sitios históricos. Es decir, y en este orden, la Iglesia San José de Aracataca, donde fue bautizado el niño Gabriel en 1930; la casa del telegrafista, donde trabajó el padre; el Colegio Montessori, donde se enamoró a los cinco años de Rosa Fergusson, quien le tomaba la mano para enseñarle a escribir; y por último, la calle de los Turcos, que supo albergar muchedumbres de aventureros que se atropellaban entre las mesas de suerte y azar.

De vuelta a la casa museo, Ancizar mostrará los tres libros inmensos de registros de visitas. En las páginas amarillentas reverberan ideogramas orientales, alef hebreas, alfas griegas y bastardas inglesas. ¿Visitantes argentinos? Ancizar pide una tregua para despachar una carta –también es el estafetero del pueblo-, y luego buscará diez segundos. "Aquí, señora de Iglesias" y muestra una frase admirativa con firma prolija.

El director del museo conoce una y mil historias de visitantes exóticos. Como la del griego que prendado de una cataqueña olvidó regresar a su patria para desesperación de la familia que lo encontró tras larga búsqueda en las calles de Macondo. ¿Y eso cuando sucedió? Ancizar hojea el segundo tomo. "Aquí, Grigoriou Georgios, 14 de diciembre de 1992". En los seis años que lleva al frente del museo parece recordarlo todo.

Por último, el lazarillo invita al mural que, a la vera de la ruta mayor, eterniza una frase del hijo de Aracataca. Eternizada en el más amplio sentido de la palabra, porque la cita de García Márquez resistió la embestida de un camión bananero que derrumbó la mitad de esa pared variopinta.

El sol de las doce agrieta hasta el ánimo. Ancizar guía ahora hasta el restaurante "Casa Vieja", allí sirven la comida preferida del Nobel. Sancocho trifásico, un arroz con trozos de cerdo, pollo y camarones, bajo un ventilador de techo vencido por el calor: las aspas giran, pero atrasan. En medio del sopor, las historias de Macondo parecen multiplicarse: el caballo sin cabeza, el hombre de los 7.600 métodos para desovar iguanas sin molestarlas y el ánima sola desbordan a cualquiera. Quedarse o partir de Arataca da lo mismo. Por siempre serán cien años de soledad.


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