Hoy, 12 de noviembre, mi viejo hubiese cumplido 72 años. Cuando le dije que me iría a estudiar periodismo a 500 kilómetros de casa, ironizó: "¿Y por qué no plomería que serás más útil?". Por supuesto que no puso trabas y me mandaba víveres cada quince días para que sobreviviera en Buenos Aires. Mi padre era ferroviario (fue cambista, auxiliar y jefe de estación) y un lector insaciable. Tengo libros de él -la colección de Ediciones Selectas de Buenos Aires- que jamás abrí. A fines de los sesenta, cuando surgía el nuevo periodismo argentino se compraba todas las revistas: no sólo Panorama y Primera Plana, también Gente, Vea y Lea, El Gráfico, Siete días... Ahí descubrí que el periodismo no era un trabajo corriente, mejor dicho, que no era un trabajo y por lo tanto quería "trabajar" en eso.

Mi viejo tenía una relación amor-odio con los periodistas. Se embroncaba muchísimo cuando descubría que los periodistas eran falibles: "Mirá, ponen Toay, provincia de Buenos Aires, ¿cómo puede ser? Manga de brutos". Pero se desesperaba por los nuevos productos. Cuando salió Página/12, que nunca llegó a mi pueblo, me pedía que le guardara los ejemplares y les mandara todos juntos. Pobre, si supiera en qué terminó.

Cuando asesinaron a José Luis Cabezas, en 1997, no lo llamé para avisarle. Mi madre había muerto en 1992, y mi viejo había quedado solo, a quinientos kilómetros... ¿Qué me diría? ¿Tendría miedo ? Al otro día del entierro de Cabezas, mi padre me llamó. Pero al contrario de mi suposición -yo sí tenía mucho miedo y estaba conmocionado-, mi viejo fue categórico: "Yo sabía que esta mafia iba a terminar haciendo algo así, tienen que hacerlo mierda, no se queden quietos". ¿A quién , papá? "A Menem, es un mafioso hijo de puta". Por supuesto que en ese momento no había pistas, no había Yabrán, no había nada. Sólo la convicción de mi viejo que era mucho mayor a mi valor. Él era peronista, pero en 1997 votó al Frepaso. Si supiera en qué terminó Chacho Álvarez...

Nunca hablábamos de cuestiones éticas y esas cosas. Pero dejaba enseñanzas sin hablarme. Cuando murió en 1998 volví a mi pueblo y un vecino me contó una anécdota: tu papá estaba arreglando la casa cuando se enfermó, y le quedó debiendo 120 pesos al albañil. Cuando se iba enfermo para Buenos Aires le dijo: "Cuando vuelva te pago, y si no vuelvo, te pagará mi hijo". Como no había papeles de por medio, parece que el albañil le dijo medio bromeando: "Déjese de joder, y vuelva porque su hijo ni sabe que yo estuve trabajando en su casa". Mi viejo lo tranquilizó: "A mi hijo le decís que yo te quedé debiendo plata, y te va a pagar sin que le muestres ningún papel".

Después de su muerte, abrí la carpeta con cierre donde llevaba sus documentos, algo de dinero, las llaves, impuestos... Entre esas boletas encontré doblada en cuatro una página de un periódico francés. Allí habían traducido un artículo mío de 1995 en Noticias sobre la monja francesa Ivonne Pierron, que había logrado burlar al represor Alfredo Astiz. Jamás me había dicho que esa nota le había gustado.


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